miércoles, 8 de febrero de 2012

Insomniorrelato



La chica se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas en la cama, repasa cada centímetro de su almohada. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la madrugada se sienta en la cama. Intenta despertar al amigo de al lado, pero no hay nadie. Pide consejo en voz alta, a ver si alguien la escucha. Silencio. La chica se levanta y da un breve paseo. Pasillo arriba, pasillo abajo. Vuelve a la cama, lee veinte poemas de Salinas y un cuento de Allan Poe. Ni la melancolía ni el miedo le producen sueño. Apaga la luz, pero no consigue dormirse. Cuenta ovejas: 100, 99, 98...36, 35...7, 6, 5...Nada. Su cerebro insiste en seguir en marcha, acompañado por un corazón que no deja de latir con fuerza. A las seis de la mañana la chica decide darse por vencida. Toma más pastillas de la cuenta y muere.
Pero no consigue dormirse. El insomnio es una cosa muy persistente.

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