Para vivir la casa había que mover siempre algún mueble: una silla de mimbre, una mesa de madera que ya cojeaba, un florero sin flores, un revistero de hierro lleno de páginas amarillentas, y algún que otro juguete abandonado a su suerte por algún rincón de un suelo de madera que crujía como si sintiese dolor al pisarlo.
No se podía cruzar de una estancia a otra sin tropezar, gemir, o torcer el gesto.
Vivir aquella casa era, entre otras cosas, hacer ruido, convivir con él. Pero también con sus terribles silencios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario