viernes, 18 de enero de 2013

Reloj sin lunes

A las 9:15 se despertó, apagó la alarma abriendo un ojo con desgana y bostezó maldiciendo los lunes y el haber bebido hasta tarde la noche anterior. A las 9:20 consiguió ponerse en pie, estirar su cuerpo atlético y llegar tambaleándose a la ducha. A las 9:30 olía a jabón, desayunaba un café solo templado y masticaba la última galleta del paquete del fondo del armario mientras escuchaba en la radio que la crisis seguía donde estaba, y que esa mañana Madrid amanecía frío, pero con sol. A las 10:10 cerraba la puerta de su casa con dos giros de llave, se echaba la mochila a la espalda y bajaba las escaleras con paso firme y decidido, pero sin correr. A las 10:17 tomaba el mismo tren, con el mismo trayecto y algunas caras ya conocidas. A las 10:24 ella se hizo un hueco entre la multitud del vagón, levantó la mirada, lo eligió a él entre aquellas personas, ambos respiraron profundamente entre tímidas sonrisas, y entonces, como una chispa, como un milagro, su reloj de muñeca de cuerda se paró en seco, en aquel lunes de marzo, y el resto del día, como el resto de los lunes de aquel año, ya no fueron segundos, ni minutos, ni horas, sino sólo latidos acelerados y un incansable sudor.

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